martes, 15 de agosto de 2017

Comentario de textos - Junio 2017

Una vez más, coincidiendo con el verano pero sin ninguna relación con el mismo, vuelvo a llegar un poco tarde a esta cita mensual para comentar mis lecturas (mejor no hablar del resto de las citas que debería haber cumplido – escribiendo otras historias – pero que no me ha sido posible llevar a cabo).
Esta vez, sin embargo, tengo una excusa estupenda ya que durante toda la primera semana del mes he estado recorriendo una parte de Brasil. Califico de estupenda a la excusa, no al hecho de estar recorriendo Brasil, que si bien dicho así, sin más detalles, puede resultar una cosa tentadora e incluso prometedora, no ha sido el caso.

Como decía aquel para referirse a la importancia de los detalles: “en la perfección están los detalles, pero la perfección o es un detalle”. Con la frase “me voy a Brasil” una semana, dicha asi sin detalles, todo el mundo asume que te vas una semana a una playa carioca, a recorrer la amazonia, y que aunque tengas que trabajar durante el día pues una vez terminado disfrutaras de un descanso con una bebida local y en compañía de unas garotas. Esa idea, esa imagen, es la que le viene a todo el mundo cuando le comentas que te vas a Brasil y se imaginan todo tipo de cosas estupenda, se imaginan disfrutando de una lista similar, o idéntica, a aquella extensa lista que uno de los de Les Luthiers enumeraba en una canción de su primer disco.

Si añadimos las ciudades a visitar (Ribeirao Preto, Caiçara, Mogi Mirim y Araçatuba) puede que alguno modifique esa idea idílica de una visita a Brasil pero algunos se mantendrán en la idea inicial ya que esos nombres no les dicen nada, puede que incluso por exóticos y desconocidos les parezca incluso más interesante. Puede que piensen que eso es incluso mejor que visitar los típicos Rio de Janeiro, Natal o Minas Gerais. Más exótico desde luego que es, como venir a España y en lugar de visitar Madrid o Valencia pues uno visita Cáceres y Logroño, menos de turista y más de viajero.
Pero como imagino que a vosotros los nombres de estas ciudades os dicen tan poco como a mí (antes de ir) para situarlas en un mínimo contexto os contare que en el viaje de vuelta un brasileño, treinta-cuarenta añero, razonablemente educado y me atrevo a suponer no culto en la geografía básica del Brasil, me pregunto por qué parte de Brasil había estado y yo le enumere los sitios. Pues bien, de las cuatro ciudades: una si le sonaba, otra sabia más o menos por donde estaba porque un compañero de su Colegio en Sao Paulo era de allí pero no había estado nunca, pero de las otras dos no le sonaba ni el nombre. El, que era de Sao Paulo, no podía imaginarse en qué región de Brasil podían estar ya que no las había oído nombra nunca (ni nombrar, ni por escrito, que os veo culpando a mi vocalización) pero imagina que lejos. Tuve que desengañarle y decirle que eran ciudades de la región de Sao Paulo, por lo que estaban razonablemente cerca de done había vivido toda su vida. No daba crédito y ponía cara de decir “si tú lo dices”, como yo la pondría si me mencionan que han visitado en España Motilla de Palancar, por decir algo.

El viaje me ha servido para entender la respuesta del otro de Les Luthiers que a casa Brasil contestaba con un Bananas, como si eso fuera o único que existiera en Brasil. Realmente era  prácticamente lo único que había en el Brasil que me ha tocado visitar.

En cualquier caso, ha sido un viaje de trabajo bastante intensillo, de esos de despertarse antes de las seis de la mañana, coger un coche para conducir unas tres horas, pasarse el día visitando depuradoras e intentando que los operarios, pero sobre todo sus jefes, no me contaran demasiadas mentiras sobre cómo funcionan las instalaciones a su cargo, volver a conducir tres horas para llegar agotado a un hotel semi-aislado en la periferia de un núcleo urbano poco conocido y volver a repetir todo al día siguiente, modificando solamente el rumbo de viaje.

Agotador, pero por estas cosas es por las que me pagan y, para que negarlo, a mí me divierte mucho cuando la gente intenta engañarme sobre un tema que conozco. Me resulta tan entrañable que a veces casi me dan ganas de interrumpir sus mentiras para  darles un abrazo diciéndoles cariñosamente “déjalo, no está colando. ¿Quieres, por favor, contarme algo que tenga algún sentido y se parezca a la verdad?”.

Hasta aquí mi excusa por el retraso, que he alargado en parte porque ha sido un mes verdaderamente extraño, y escaso, en cuanto a lecturas y en parte porque soy completamente de contar una historia corta, lo mío son las novelas decimonónicas, y mi verborrea escrita me lo impide. Ahora a por las lecturas, o casi mejor dicho (como se verá) a por las no-lecturas de este mes.

Si el mes pasado había acabado el mismo leyendo tebeos (comics, perdón; que me los ha dejado Álvaro y por lo tanto son de adultos serios, cuasi hípsters y los tebeos son otra cosa) este lo he empezado igual y me he leído Muerdeuñas, Inyeccion y The Delinquents, ninguno delos cuales me ha parecido ni medio interesante.






Leídos los tebeos (perdón, los comics) cuando andaba pensando en ir a visitar mis librerías me acorde de que por la oficina (el ex recibidor de casa de Álvaro y L) andaba un libro que mi sobrino Rafita le había regalado a L, uno de esos tomos increíbles que tanto les gustan los escritores rusos y que suelen ser entretenidos: El maestro y margarita de Bulgakov. Ya tenía lectura, ya tenía una quinientas páginas por delante de lo que esperaba fuera una historia apasionante. No estoy seguro de cuantas páginas conseguí aguantar, ya que he quitado el marcador y no he tomado nota, pero dudo que llegara a la página doscientos sin decidir que no pensaba leer ni una página más. Puede que luego la novela mejore notablemente y que de verdad sea un clásico de la literatura rusa, un nombre como Bulgakov, se lo merece, pero yo solo puedo deciros que yo me arrastre durante esas páginas hasta que me decidí a dejarlo.




Afortunadamente para entonces Álvaro y L ya habían vuelto de una corta escapada a Edimburgo, aprovechando que habían colocado a Alicia en un campamento de verano, y habían sido tan amables de traerme un par de libros.

Uno de ellos, The Red Road, había sido una recomendación de Lindsay Hutton (una de esas personas a las que me gustaría parecerme de mayor, o mejor dicho, una de esas personas a las que me habría gustado parecerme en cualquier momento ya que para llegar a ser Lindsay de mayor hay que haber sido Lindsay toda la vida. Una cosa así no se improvisa, no se consigue ese encanto de la noche a la mañana, ni siquiera por milagro). Al principio tenía miedo de que en lugar de inglés estuviera en escoces, o en lo que en Escocia pasa por considerarse inglés y que en mi experiencia no se entiende ni con un diccionario de varios tomos y fonético. Afortunadamente estaba escrito en un inglés correcto y legible; desafortunadamente se trata de una novela de crímenes sin el menor interés y a la que tampoco conseguí engancharme lo suficiente como para acabarla por lo que tampoco os puedo asegurar que no sea buena, ni que sea una mala novela. Eso sí, por aclarar las cosas no es que la novela viniera recomendada por Lindsay por ser buena, siendo el único motivo para recomendar su compra en Edimburgo que la autora fuera oriunda de Glasgow y escribiera sobre Glasgow. Ya, ya os veo, a mi también me parece raro que recomendaran esta compra en Edimburgo pero que queréis que os diga, puede ser que los escoceses sean así de raros, o puede que en lugar de en Edimburgo Álvaro y L estuvieran en Glasgow o puede que la autora fuera del mismo pueblo que Lindsay a mitad de camino entre ambos. ¿Quién puede saberlo?

Además de esta novela y por una razón, en general, mucho más fiable que cualquier recomendación como es la de que tenga una portada bonita también me trajeron The Power que la verdad es que tiene su gracia. Es una especie de fábula en la que las mujeres, por una mutación, adquieren un poder físico que les permite dominar a los hombres creando una nueva sociedad en la que básicamente se intercambian los papeles de género. Si bien el proceso de adaptación a esta nueva situación está descrito con cierta gracia – como se quiere prohibir el uso de este poder, como se fomenta – al final, a mí por lo menos, me queda la idea de que la diferencia seria mínima salvo por la nomenclatura de género, estando al cargo el género que tiene más capacidad de hacer daño al otro género ya que en palabras de la propia autora “gender is a shell game, what is a man? Whatever a women isn’t. What is a woman? Whatever a man is not. Tap on it and it’s hollow. Look under the shells:it’s not there” y que para mí es tan incomprensible como la existencia de daltónicos de nacimiento (daltónicos en el sentido cultural clásico de confundir el verde con el rojo y viceversa y no en el sentido real que es el de no distinguir los colores) ya que si han aprendido a llamar al verde rojo y al rojo verde ¿Cuál es el problema? Obviamente si ven un semáforo rojo, ellos lo verán verde pero lo llamaran rojo por lo que se pararan (a menos que sean brasileños donde en las indicaciones de las plantas si un equipo está funcionando está en rojo y si está parado está en verde, según lo que me han explicado).

Mi siguiente lectura, o no lectura, tiene que ver con la aparición estelar de mi querido sobrino Rafita ya que debido a que me había pedido ayuda con un negocio en el que ha decidido meterse con unos amigos decidió regalarme un libro en agradecimiento a la atención que le preste (algo que ya había hecho antes regalándome un disco de The Knack y que pese a ser totalmente innecesario demuestra sus “maneras y buenos modales” que espero que dice el refrán “abren puertas principales” y al que – como si fuera un entrevista televisivo – le mando un saludo y le recuerdo que si necesita algo ya sabe dónde ando). En un increíble ataque de inteligencia, a los que he de reconocer que no es muy propenso, sabiendo que escribo este blog de libros del que según el mismo es lector decidió mirar a ver que autores me habían gustado últimamente y parece que el que más le convenció, le pareció que más me había gustado, era John D. MacDonald. Así que el buen muchacho tomo nota del nombre y se dirigió – casi seguro a la FNAC – a comprarme Adiós en azul que había leído ya que, como digo, había leído que me gustaba el autor. Una lástima que este futuro filólogo no hubiera leído un poco más de lo escrito por mí, especialmente la entrada en la que comento este libro como ya leído y ciertamente como un libro que me gusto. En fin, cosas que pasan y aunque no voy a releer el libro le agradezco sinceramente el detalle (lástima que no tenga concentración suficiente para haber leído toda la entrada del blog).

Con esta última no lectura ya se estaba acabando el mes y yo ya empezaba a preparar mi viaje a Brasil. Más de diez horas en el Madrid-Sao Paulo, más otra hora en un vuelo interior, más las horas de espera previas y entre medias, a las que hay que sumar no solo la vuelta si no también las lecturas antes de dormir imponían la necesidad de viajar con más de un libro y se hacía totalmente necesaria una visita a la librería Méndez de la calle mayor ya que con mi velocidad de organización no me daba tiempo, una vez más, a visitar la librería Fuenfria de Cercedilla (pero estoy seguro de que habéis pasado a saludar en mi nombre por la que ya es vuestra librería de referencia).

Obviamente mi idea era la de ni tan siquiera empezar ninguno de los libros que me había comprado antes de iniciar el viaje ya que no quería ni dejar un libro a mitad (después de la racha que llevaba de dejar libros a mitad este mes) no tampoco tener que llevarme un libro casi terminado, cargando con un peso muerto. Esa era la idea pero el sábado, un poco aburrido de trabajar, empecé a leer La vida Negociable y antes de que pudiera arrepentirme por tenerlo empezado para el viaje ya me lo había terminado. Si bien no me ha reconciliado totalmente con Landero y sigo prefiriendo son primeras novelas obviamente me gusto bastante, la escritura y el propio concepto que se enuncia en el título. Con todo tengo una objeción al libro ya que aunque puedo entender que Landero situé la acción unas décadas por delante de lo que sería aconsejable con el fin de distanciarse tanto de la posguerra como incluso de la transición a fin de no hacer otra novela que sea clasificada como de la transición creo que esto la hace cojear un poco ya que algunos usos y costumbres de la época que describe no se corresponden, no solo delatando la edad del autor si no, lo que es peor, la mala ubicación temporal de algunos personajes.

Por otra parte sé que los textos de las solapillas no los escriben los autores pero creo que si deberían revisarlos aunque fuera someramente. Me resulta muy chocante que cuando, al menos para mí, gran parte de la historia está en saber si su protagonista negociara con la vida y se convertirá en peluquero que él no quiere ser, la solapilla nos informe directamente que es un peluquero el que cuenta a sus clientes la historia, marcando claramente un once en la escala Spoiler (a mí en concreto los spoilers no me molestan demasiado y perfectamente puedo leer una historia que se cómo acaba pero en este caso creo que ha sido un error significativo e innecesario).

En cualquier caso y para que quede claro: puede que Brasil sea un sitio estupendo que merezca la pena visitar, pero de otra forma: no como viajero o viajante si no como turista y turisteando.



Muerdeuñas – Williamson, Henderson, Guzowski, Hill, Levin
Inyección – Ellis, Shalvey, Bellaire
The Delinquents – Asmus, Van Lente, Kano
El maestro y Margarita – Mijail Bulgakov
The red road – Denise Mina
The Power – Naomi Alderman
Adiós en azul – John D. MacDonald

La vida negociable – Luis Landero

viernes, 14 de julio de 2017

Comentario de textos - Junio 2017

Hacía ya varios años que no me acercaba por la feria del libro, algo que supongo era una tradición familiar (de la que no tengo recuerdo) y que mantuve como tradición personal, con amigos, durante muchos años para luego abandonar totalmente.

Supongo que las razones por las que deje de acudir a la feria del libro fueron variadas y seguro que en mayor o menor medida entre ellas se cuentan la perdida de contacto con aquellos amigos que me solían acompañar, mi creciente aversión a las multitudes y también el hecho de que en los últimos años en los que acudí la mayoría de las casetas eran de librerías, con muy pocas editoriales, lo que obviamente la convertía en algo tan aburrido como pasear tropecientas veces por los pasillos de la zona de libros de una gran superficie interminable, viendo una y otra vez los mismos libros en casi todas las casetas. Algo realmente agotador que no compensaba el placer de tomarse luego una cerveza, o incluso más habitualmente durante la primaveral tormenta veraniega que, por lo menos para mí, siempre ha caracterizado mis visitas a la feria del libro.

A mí siempre me ha llovido torrencialmente en la feria del libro, desde la primera de la que tengo recuerdo: una en la que me compre el primer tomo de El Señor de los Anillos (ejemplar que preste a Manolo Die Deán, y que nunca me devolvió y yo no he vuelto a comprarme ya que quiero pensar, pese a que de esto haga más de treinta años, que algún día me lo devolverá) y cosas súper-hippies; pasando por aquellas en las que Jacobo y yo buscábamos libros de poetas franceses o malditos para escribir canciones, cunado no directamente copiar partes enteras (lo que técnicamente se llama homenajear a los autores) y en una de las cuales nos gastamos todo el dinero que teníamos destinado para las cervezas de ese día, o de esa semana, en comprar los dos tomos de todas las canciones de Bob Dylan (hasta aquel momento del que ya hace también mucho tiempo) en una edición bilingüe que he tenido que reemplazar por una edición posterior no bilingüe (eso si, solo en ingles que para algo es uno un cultureta), porque no se bien como, porque motivo, con que chantajes emocionales exactos, mi hermana Maite se acabó quedando con aquellos dos volúmenes que a diferencia del primer tomo de El Señor de los Anillos sé que nunca recuperare; hasta las últimas que recuerdo en compañía de Lourdes y de Barcina (cuando Lourdes y yo ya no éramos pareja, pero quedábamos para ir a la feria a dar un paseo por tradición, pero antes de que Barcina dejara totalmente de beber para convertirse en un montañero), en todas ellas me ha llovido, o al menos ha llovido en mi recuerdo y nos hemos refugiado en un bar con unas cervezas antes de saturarnos de la propia feria.

Este año, sin embargo, no llovió durante mi visita a la feria del libro, algo que además de extraño hizo que la misma se alargara un poco más de lo necesario, de lo aconsejable, y que no acabara precipitadamente con unas cervezas en el bar más cercano si no con mucha calma y una vuelta lenta a la totalidad de la feria y con mi sobrina Alicia tomándose un zumo de alguna fruta absurda y de un color no excesivamente natural (diría yo, o dicen mis reciente recuerdos) mientras comprobaba todo lo que se había feriado. Porque realmente fue Alicia la única que se ferió libros de motu proprio (por ella se habría comprado casi todas las colecciones de El Club de Tea, y digo casi todas porque aún no está por la labor de comprarse libros repetidos y su prodigiosa memoria le da de sobra para recordar que libros tiene, no como a otros que acaban comprándose libros que ya se han leído y, ojo, que no miro a nadie… ya que no tengo ningún espejo a mano).

El caso es que, pese a que mis expectativas  eras bajas yo llevaba una actitud razonablemente positiva frente a la compra de libros y eso que mis últimos recuerdos eran los de ver solamente librerías y en todas ellas los mismos libros, caseta tras caseta, tras caseta hasta que llegara la lluvia salvadora que nos arrastrara desde el paseo de coches hasta el bar, aunque fuera artificialmente cuesta arriba ya que como todo el mundo sabe los bares más cercanos están cuesta arriba por, supongo, una maldición bíblica.

Si bien no tuve suerte con la lluvia he de reconocer que este año me sorprendió la proporción de editoriales y como consecuencia la variedad de la oferta aunque nada consiguió tentarme especialmente para comprármelo.

Además de ver algunas editoriales interesantes, pero nada lo suficientemente tentador, también pare en la caseta de mi librería de referencia, la Librería Méndez, pero solo lo hice para saludar y prácticamente no mire lo que tenían expuesto (yo soy un tipo más de interior y prefiero mirarlo acompañado por su poco de aire acondicionado en verano) y si no pude parar en mi otra librería de referencia, la librería Fuenfría de Cercedilla que estoy seguro que todos visitareis más de una vez este verano, por no tener presencia en la feria tampoco pude parar a saludar al librero Tarambana ya que pese a que mi sobrina quería acudir el día que este, también denominado su tío Rafa, estuviera ejerciendo de famoso firmando ejemplares suyos (o de otros, que es algo que practica desde pequeño), la posibilidad de visitar la feria en fin de semana está completamente fuera de mis capacidades actuales de concentración y aguante frente a las multitudes de mis semejantes (semejantes en cuanto a especie, se entiende que cada día me siento más lejos de ellos).

Pese a que no encontré nada que me tentara para mí si compre un par de libros: uno para mi hermana (American Gods de Gaiman en español), que andaba imposibilitada de mirar nada por la atención que requiere Alicia,  y otro para Álvaro (igual debería decir mejor: con la excusa de Álvaro), que debería decir que le pasaba algo parecido, aunque un poco menos y si consiguió mirar alguna caseta sin la insistente presencia de Alicia, aunque creo que solo de Comics (puede que porque a Alicia también le interesaran estas casetas o puede que por otro motivo).

La novela que compre para Álvaro era Zebulon, que en palabras del vendedor de la editorial era un gran western crepuscular, del que diré que había oído hablar solo porque se iba a presentar en una librería del barrio (aunque nunca llegue a enterarme bien de cuando y donde) y por el que tenía un cierto interés por una razón tan válida (o tan poco valida) como que el autor se apellida Wurlitzer y no `por eso del western crepuscular. Obviamente como yo no tenía nada que leer se la robe, no ese mismo día, que uno no es de ese tipo de personas, si no un par de días después cuando comprobé que todavía no la había empezado y que si era buena me daría tiempo a leerla prácticamente antes de que notara su ausencia.

Si bien no estoy seguro de que Alvaro haya notado la ausencia de la novela (ya que le preste la versión americana de Amrican Gods, no para distraerle, si no a petición propia) ciertamente podía haberse dado cuenta ya que aún no se la he devuelto. De hecho ni siquiera me la he terminado habiéndome costado un esfuerzo excesivo llegar hasta la página 142 donde definitivamente me quede atascado, sin posibilidad de avance y ciertamente tampoco de retroceder, aunque si esto fuera posible hubiera retrocedido tranquilamente y la habría dejado en la mesa de casa de Álvaro completamente olvidada. Lástima eso de no poder volver atrás en el tiempo, algo que si ciertamente fuera posible y estuviera al alcance de todos haría que la vida fuera sencillamente un caos sin ningún sentido (todos volviendo todo el tiempo atrás cada vez que a uno no le guste algo… una combinatoria sencillamente imposible) y lástima que la novela no me haya gustado ya que me habría gustado comprar más novelas de Mr. Wurlitzer.

Aunque parezca increíble mi pelea con esta novela me había acercado a las puertas del día 20, que amablemente Amazon se empeñaba en recordarme seria el día que se pondría a la venta la nueva novela e Don Winslow. Estaba a punto de pedirla por Amazon, traicionando a mis librerías de referencia con mi clásica excusa de comprarla en versión original (que merece mucho la pena en el caso de Winslow) cuando al mirar el calendario me di cuenta de que ya estaba casi a punto para intentar irme a Piles a pasar unos días, tomarme un arroz al horno y seguir dándole la lata a la rama de mi familia que me aguanta a diario por aquello de que tengo la oficina montada en el recibidor de su casa y de que solo tenía por leer otras 140 páginas de esa novela que ya casi había decidido dejar.
Así que antes de pedir la novela de Winslow, en versión original, me decidí a realizar una visita a mi librería, que en cierta medida les había prometido en la feria del libro, y aprovechando que tenía que atender a una conferencia en la Real Academia de Ingeniería decidí salir con tiempo y parar en la calle Mayor. En principio, no parecía una gran idea ya que luego tendría que ir cargando con los libros – no, no tenía duda de que compraría un cierto número de ellos – hasta la conferencia y de vuelta a casa bajo un calor que, sin llegar a ser el de estos días, ya era un poco excesivo para hacer agradable el paseo; pero las otras opciones eran: la traición a mis librerías, quedarme sin nada que leer para el viaje a Piles, o – la más descabellada conociendo mi escasa movilidad, pero la que os aconsejo siempre – acercarme a Cercedilla.

Normalmente de camino de la librería Méndez siempre me asalta uno de esos grandes dilemas de  la humanidad del tipo ¿antes o después? Ya sabéis de que os hablo: ¿me compro una palmera de chocolate en la pastelería El Riojano antes de entrar o al salir? Hace algunos años la solución era evidente ya que en realidad no existía un dilema: me compraba una antes de entrar y otra (o más de una) al salir. Sin embargo ahora, por aquello de la vigilancia médica, este es un dilema de difícil solución: comprarla antes de ir tiene la ventaja de la retribución inmediata y de (como en Annie Hall, con lo de los besos) liberar la mente del dilema pero claro un día de calor tienes el riesgo de mancharte mucho con el chocolate y tampoco se trata de ponerte luego a ojear libros con los dedos llenos de chocolate; comprarla después permite una satisfacción más tranquila ya que la distancia entre ambos establecimientos es un poco escasa para disfrutar con deleite de una exquisitez como esta. Afortunadamente como esta vez mis pasos a la salida me llevarían en la dirección contraria y como yo tengo una norma casi sagrada de no retroceder cuando estoy dando un paseo (entre otras muchas como que no vale cruzar la calle para ver una tienda o que no vale volver por la misma calle en el mismo día, que configurar mi idiosincrática personalidad, o como les gusta definirla a algunos: mi idiotica personalidad) me había librado del dilema, lo que obviamente me producía una cierta alegría.

Sin embargo mi alegría duraría poco ya que nada más entrar a la librería me di cuenta de que allí estaba la traducción del nuevo libro de Winslow: Corrupción Policial lo que obviamente me planteaba otro de esos dilemas universales. Mi primer instinto fue ignorar la existencia de la traducción (para mis lectores menos avispados – no miro a nadie sobrino, ya sabes que yo también te quiero y deseo que, algún año, acabes filología – aclaro que el dilema era cuál de las dos comprar, si la traducción o el original), manteniendo mis planes de traición de comprarme la versión original, ya que habían traducido una novela que se llama The Force, como Corrupción Policial, algo que así directamente te estropea parte de la trama sin ninguna necesidad y por supuesto no auguraba nada bueno, pero pensando en que las vacaciones estaban cerca y que posiblemente me la leyera en Piles donde podría ser disfrutado por algunos familiares a los que lo de leer en ingles no les tienta pues casi parecía más razonable (tanto económicamente como ambientalmente) comprar la versión traducida. A mi ninguna de estas razones me parecía especialmente importante pero como tampoco tenía mucho que recomendarle a L para la playa pues me decidí por la versión traducida.

No voy a decir que la decisión fuera un error ya que la novela es lo suficientemente buena pero si estoy en condiciones de afirmar que no es lo mismo y obviamente puedo afirmar que es mucho mejor en inglés. Ahora es cuando podéis decir que no tengo ninguna prueba de esta afirmación y que una vez más estoy haciendo afirmaciones en el más puro estilo familiar o incluso de mi colectivo profesional: sin ninguna base. Pues que sepáis que os equivocáis y que esta vez tengo pruebas: tantas pruebas como novelas tiene Winslow (descontando, de una vez y para siempre El Cartel que para mí no es que sea la única novela mala de Winslow, es que: no es una novela si no un tocho bastante infumable) ya que su estilo de frases cortas que repite a modo de estribillo de canción se pierde completamente al pasarlo al español y posiblemente a otros idiomas (sinceramente no creo que sea culpa del traductor – lo del título tampoco creo sea culpa suya, si no de la editorial – si no de las propias diferencias entre los idiomas; pero que sabré yo de estas cosas). El caso es que, a diferencia de lo que me había costado avanzar en la de Mr. Wurlitzer, en un par de días me había leído las más de quinientas páginas que tiene, y la había disfrutado.

Mi siguiente compra, Los Cinco y yo, fue una que se me olvido hacer en mi anterior visita; más que un olvido – que en cierta medida iba con la idea de comprarla – fue que no la vi, me lie con otras cosas, al final no la compre y cuando llegue a casa pues me di cuenta de que no la había comprado (ya sabes, lo típico, vas a comprar el pan y vuelves a casa con un par de bolsas del supermercado pero obviamente en ninguna de ellas hay una barra de pan, ni tan siquiera un mísero chusco de pan). En cualquier caso la banda que tenía esta segunda edición, junto con algunos de los comentarios de la solapilla, me tenían confuso ya que parecían indicar que se trataba de una novela divertida (creo que ponía textualmente la más divertida) e incluso hilarante y la verdad es que a mí, habiendo leído (creo) todo lo publicado de Orejudo (junto con alguna cosa no publicada, o publicada muy marginalmente) y pareciéndome, como me parece, un gran escritor (iba a poner un muy buen escritor pero no sé si es muy correcto, así que me he decidido por un gran, que queda mejor, más preciso posiblemente,  y si lo lee le hará más ilusión) pues me resulta tan difícil aplicarle el adjetivo de divertido a lo que escribe que prefiero no comentar sobre las posibilidades de aplicarle lo de hilarante.  No quiero decir que Orejudo sea aburrido, que no lo es, pero de eso a divertido o hilarante hay varias bibliotecas de Alejandría.

No creo que sea una mala novela pero a mí no me ha gustado, de hecho lo que me ha parecido es que quería escribir otra novela – que si podría ser divertida – creo que él quería haber escrito la novela que en su novela adjudica a Rafa: la de cómo serían los cinco de mayores, pero que por algún motivo no se ha decidido a escribirla. Posiblemente porque en cierta medida para escribir esa historia de cómo serían los cinco de mayores no basta con un solo escritor si no que se necesitan al menos dos escritores amigos (preferiblemente tres o más) y unas cuantas botellas de whisky, una novela como esa necesita una sesión de sentarse con tus amigos a beber y ponerse a desbarrar como hacías cuando tenías menos de veinte años y se te ocurrió por primera vez la posibilidad de hacer esto (algo que estoy seguro que comentaron más de una vez hace muchos años ambos dos – Reig y Orejudo – posiblemente con la connivencia de Lopez, Chavi, Nogales, Becerra, Ridao… en aquellos tiempos de La Perla de Lab-UAM).

Creo que ya lo he comentado otras veces y pese a que es algo que me ha dado más decepciones que alegrías si un editor le pone a un libro una faja con una frase elogiosa de cualquiera de mis escritores favoritos ha vendido un libro más ya que es casi seguro que yo lo compre en cuanto lo veo. Eso, lo de comprarlo, fue lo que me paso con Visitation Street que Lehane elogiaba en la faja. Afortunadamente no me ha decepcionado lo mas mínimo, de hecho me ha parecido un gran libro lo que es decir mucho para un libro en el que realmente no pasa nada significativo, para un libro de esos de personajes que es lo que es, incluso aunque yo no tenga muy claro a que me refiero. Supongo que lo que quiero decir es que más que la historia que se cuenta – que no tiene nada de especial: unas chiquillas salen a dar una vuelta en barca, una muere y así empieza la historia -  lo bueno del libro son las descripciones de los personajes y de sus relaciones (aunque alguno, por absurdo o poco creíble, a mí me sobra pero esto queda compensado con creces con otros) e incluso en este caso de sus relaciones con una parte de Brooklyn, de las esperanzas y decepciones de los mismos. No puedo dejar de advertiros que aunque parece corta se hace larga, pero larga en un buen sentido; para mi es simplemente una especie de efecto óptico en el que parece que has leído mucho y sin embargo no has avanzado tanto como pensabas, igual es porque has disfrutado de una forma pausada.

Juan Madrid no es uno de mis escritores favoritos, aunque en general lo que he leído de él me ha gustado y todavía recuerdo con sorpresa ese libro que era una especie de ejercicio de taller de literatura en el que cogía una noticia del periódico y escribía un cuento inventándose una historia. Inevitablemente me recuerda a la única vez que una empresa seria me sometió a un proceso de selección con su departamento de recursos humanos en el que nos hicieron varios test de personalidad y de inteligencia ya que una de las pruebas era que te daban una ilustración y te pedían que explicaras una historia que encajara con la ilustración. (a mí me dieron una de un padre y un hijo en un despacho y bueno… la historia se complicó bastante para el poco tiempo que tenía pero ya, si eso, intento acordarme otro día).

Supongo que en circunstancias normales no habría comprado Perros que duermen pero con un posible viaje a Piles por delante parecía una lectura que, cuando menos, seria entretenida y playera (no en un sentido de playero en plan surf y eso, sí no más bien en el de tener el cerebro medio apagado y disfrutar de la lectura con la mitad despierta). Igual fue precisamente por esta esperanza de leerlo con medio cerebro por lo que me gusto ya que en lugar de la típica novela de crímenes o de los bajos fondos se trata de una novela razonablemente seria sobre la postguerra civil y el régimen de Franco. Iba a escribir razonablemente verosímil pero por una parte me he dado cuenta de que no tengo ni idea de la verosimilitud o no de las descripciones que se hacen en la novela y por otra parte (o por la misma) el otro día hablando de esta novela Rafa me pregunto si me había tirado para atrás lo de Franco, que algunas personas (incluso casi a el mismo) le había echado un poco para atrás y yo me quede un momento en blanco. No porque no me acordara de a que se refería con lo de Franco – que si recordaba perfectamente la escena – si no porque yo lo había leído como completamente ficticio y pese a que se reconoce perfectamente a Franco en ese personaje en concreto para mí no había ninguna relación entre el personaje y la persona. Lo que él se planteaba, me planteaba sobre si podía creerme que Franco hiciera algo así era algo que a lo que no había dedicado ni una conexión neuronal. Ni me había impactado ni me lo había creído, lo había leído como una ficción, como el que lee en una novela que los alienígenas han hecho un pacto con la CIA para que les suministren leche de vaca a cambio de tecnología o como el que lee sobre campos de niños esclavos en la cara oculta de la luna, o era en los campos de marte (lo primero es de una gran película y lo segundo parece que es una pregunta a la que ha tenido que responder un senador de estados unidos).

La verdad es que ahora que lo pienso, después de la pregunta de Rafa, creo que tal vez lo único que le sobra a la novela no es lo de Franco si no que le sobra toda la historia del crimen o la parte pseudopoliciaca. Realmente no le hace ninguna falta todo eso para ser una buena novela sobre la postguerra civil y el régimen de Franco pero imagino que Juan Madrid habrá sucumbido al hecho de tener que ser un escritor de un cierto tipo. Creo que si no hubiera sucumbido a esto y se hubiera centrado en más realismo habría sido mejor novela e incluso podría haber subido a la categoría en la que esta Stephen King de escritor realista tipo Galdos para los que han vivido o pasado tiempo en Maine.

Tal vez una de las cosas más curiosas es esa continuidad que existe en España en los apellidos ya que puede observarse que muchos apellidos siguen manteniendo el mismo peso social pase lo que pase y que los que ya estaban entonces aún siguen y aunque puede que no sea el caso y que no tenga ninguna relación resulta sumamente curioso leer que los nacionales no solo querían envenenar el abastecimiento a Madrid, si no que uno de los generales encargado o ideólogos de esto era un tal Gistaú, apellido que a día de hoy sigue vinculado al mundo del agua en la figura de Roque que ha sido prácticamente de todo incluso director gerente del Canal de Isabel II (igual precisamente para resarcirse de ese antepasado que quería envenenar Madrid).

Hace algunos años me había leído la novela de American Gods en Ingles y aunque me había gustado no me había gustado lo suficiente para para comprarme la especie de secuela que es Anansi Boys y hace nada había visto una serie basada en la novela de la que todo el mundo (venga vale, solo una parte del mundo compuesta en su mayoría por frikis) hablaba maravillas y de cuyo primer capítulo yo también hablo maravillas. Tiene un principio brutalmente impactante que curiosamente no recordaba de la novela aunque pensaba que podía estar porque al fin y al cabo su impacto es básicamente visual, luego baja mucho y al final yo me quede con la sensación de que no solo no me acordaba de nada de la novela (solo de algunas escenas sueltas) si no de que habían tergiversado bastante la historia, metiendo personajes y relaciones que no existían y acabándola de una forma tan lejana de la historia original que resultaba casi indignante. Pero como mi memoria es como es, pensaba que seguramente estaba equivocado y que la serie era fiel al libro, así que aprovechando que se lo había comprado a L y que estaba en Piles me decidí a leerme American Gods, en español, algo que no estoy seguro de si técnicamente puede considerarse como una relectura o más bien lo contrario ya que el proceso normal es leer primero la traducción y luego, ya en plan cultureta, leerse el original.

En cualquier caso, la verdad es que me consoló bastante que el libro se pareciera más a mi recuerdo que a la serie que acababa de ver. También me consoló bastante que mi opinión no hubiera cambiado especialmente y que si bien es un libro entretenido es un poco pajillero y con partes absolutamente infumables, o más bien solo aceptables si uno anda bastante fumado.

Si la novela de Juan Madrid la compre porque necesitaba páginas, que decir de Rendición de Ray Loriga que es un escritor que no me gusta especialmente. Pues supongo que mi única excusa puede ser que intentaba comprobar que escribe la gente de mi edad que es famosa y que, aunque sea de vista, pues conozco. Aun con el riego de parecer que nunca cambio de opinión – algo que todo sea dicho mucha gente cree equivocadamente – he de decir que no veo ninguna razón para modificar ni mínimamente mi opinión. Si bien la premisa inicial del libro que los que se creían los vencedores realmente son los que han sido derrotados tiene su punto (como en el chiste ese de ir invadiendo países más pequeños que el tuyo, rindiéndote y luego convocando elecciones de forma que, al ser más, pues seas el victorioso) tiene su punto que luego no desarrolla, si acaso me siento tentado de reforzarla ya que eso no pillo eso de  “al fin y al cabo lo último que querían era encontrarse con nadie”, puede que este equivocado pero yo en su caso lo que no querría seria encontrarme con alguien. Supongo que estará bien pero a mí me chirria a mas no poder pero bueno por lo menos, aunque sea en un mundo ficticio  refleja la realidad de que los poderosos son “los dueños del agua” pues me gusta por lo de realismo desconocido que tiene.


Zebulon – Rudolf Wurlitzer
Corrupción Policial – Don Winslow
Los cinco y yo – Antonio Orejudo
Visitation Street – Ivy Pochoda
Perros que duermen – Juan Madrid
American Gods – Neil Gaiman

Rendición – Ray Loriga

domingo, 4 de junio de 2017

Comentario de textos - Mayo 2017

Este mes ha sido un mes raro en lo referente a mis lecturas, ya que aunque al final de esta entrada aparezcan cuatro libros – que no es una mala medida – la verdad es que este mes solamente he leído dos y medio. Podría culpar a ese último medio, ya hablaremos luego de él, de que mis lecturas hayan sido escasas; en parte seria cierto pero no sería estrictamente justo. La verdad es que he pasado un mes bastante descentrado de todo salvo, tal vez, de ver series de televisión en streaming como si intentara reivindicar mi época más hípster, ya sabéis aquella en la que me hice con un macbook y aproveche para empezar este blog.

He visto unas cuantas series como “The man in the high castle”, basada en la novela de Philip K. Dick y cuya estética es impresionante aunque han alargado excesivamente la historia y pierde bastante del punto de sorpresa de la noval original; “Fadua” una extraña serie israelita sobre los servicios de inteligencia, un poco al estilo 24 pero sin tanta producción; “Paranoia” que s una muy curiosa serie policiaca inglesa en la que los alemanes quedan retratados como una pandilla de hippies trasnochados y en la que los policías británicos al no llevar arma tienen bastantes problemas a la hora de perseguir a los malos; y por supuesto ahora  mismo ando cada semana a la espera del nuevo capítulo de “American Gods” para disfrutar con las alucinaciones de Neil Gaiman, algunas de las cuales son convertidas en imágenes con mucho acierto y otra con menos (no, no me he enganchado a “Twin Peaks”, ni siquiera he visto ningún capitulo. No porque sea un hípster a la antigua usanza si no porque soy incapaz de resolver los problemas de conexión entre los distintos cacharros que me permitirían verla en mi televisión: vamos que porque aunque quiera ser un hípster sigo siendo básicamente un torpe con algunas cosas).

De una forma elegante podría decir que he tenido un mes “visual” pero para que nos entendamos todos lo que he tenido es un mes de vago dedicado a contemplar la televisión, intentando atrofiar (o desarrollar, que este punto nunca lo he tenido claro) mi imaginación ya que, como cantaban aquellos que parece que ahora están de moda: “la televisión es nutritiva”.

Con todo he de reconocer que mi mes de lector empezó bastante bien, con su correspondiente visita a la reformada librería Méndez de la calle Mayor, pero lamentablemente con el aplazamiento, una vez más, de la necesaria visita a la librería Fuenfría de Cercedilla y con la adquisición de Bull Mountain que ha sido un descubrimiento. Es una novela muy buena, con una historia clásica de una dinastía familiar –  una dinastía de paletos fabricantes de licor casero y metidos al tráfico de drogas, pero que son la realeza de las montañas de esa América verdaderamente profunda – con sus odios irreconciliables entre hermanos que empieza con no solo empieza con un de esas escenas que te enganchan si no que mantiene el tipo a lo largo de todo el libro. Muy entretenida y bien escrita, tanto que cuando Helena me pidió un libro reciente en español, no dude en dejársela y ahora, además de mi opinión, cuento con dos más, la suya y la de Álvaro, y todas positivas. Otro tipo de persona no dudaría en recomendarla. Yo, como ya sabéis, no recomiendo por lo que me abstengo.


Si bien mi primera elección fue acertada, la segunda, como me temía incluso al realizarla, resulto bastante decepcionante ya que se supone que El motel del Voyeur es una historia real sobre las practicad de voyeur que un dueño de hotel le cuenta a Gay Talese y que el prácticamente hace poco más que transmitir. La verdad es que a mí las historias reales me importan en general entre poco y nada, y que de hecho prefiero que todo sea inventado. No sé porque pero, para mí,  las cosas inventadas además de más entretenidas son incluso más creíbles. Puede que yo sea un tipo raro, no lo dudo aunque se me hace extraño ya que precisamente yo soy, para mí, la medida de la normalidad, pero vete tú a saber. El caso es que si bien algún otro libro de Talese que he leído – un recopilatorio de crónicas deportivas, creo, y puede que incluso el de la mafia – sin llegarme a emociona no me habían disgustado este me ha parecido muy flojillo, y eso por ser cortes que está más cercano a infumable.




Supongo que mi hermana tiene razón y que más que además de haber empeorado mi memoria lo que realmente ha empeorado es lo poco que me fijo en las cosas. Solo así se explica que en la misma compra añadiera otro libro, El banquete celestial, que pasara en una América profunda, o más bien en el oeste americano, por supuesto sin ser consciente de este hecho en el momento de su compra. Con ciertos parecidos, en especial esa América del salvaje oeste, pero con muchas diferencias en este libro también hay una pequeña saga familiar en la que unos hermanos, tras la muerte de su padre, se enfrentan de distintas formas y con el apoyo de la referencia de un libro de aventuras a un viaje que les lleva a conocer a personajes variados. Ni bueno, ni malo el libro se deja leer e incluso en algunos momentos resulta gracioso aunque desgraciadamente sin mantener el tono, el ritmo, o como se llame. Para mi lo más divertido es la figura de un “Inspector de saneamientos” que es una figura que por razones profesionales obvias me resulta divertida ver en una novela, si bien el carácter del personaje (un pequeño dictador en su pequeña parcela de poder) resulta a veces cuando menos ligeramente molesto, en el que lo son – desgraciadamente – muchos funcionarios de rango bajo- medio.

Una cosa que, para mí y para muchas otras personas, resulta un poco inexplicable es mi tendencia a comprar libros de algunos autores que, sencillamente, sé que no me gustan pero a veces no puedo evitarlo. Diría que en parte es porque se me olvida lo poco que me gustan, incluso a veces lo mucho que me disgustan, y en parte porque si le gustan a alguien que me cae bien siempre creo que debo de darles otra oportunidad, independientemente de cuantas oportunidades les haya dado y de cuantos libros suyos me haya visto a dejar a medias. Este es exactamente lo que me ha pasado con La Voz del Amo, que si bien conseguí que una vez me gustara un libro del autor todas las otras veces que he intentado leerlo me ha parecido sinceramente insoportable, tanto es así que no consigo entender como a personas que me caen bien y de cuyo criterio me fio puede gustarle Stanislaw Lem. Sencillamente no lo entiendo, sencillamente creo que es insoportable y este ha tenido bloqueada mi capacidad lectora durante muchos días, empujándome en gran medida hacia la televisión, hasta que hoy con motivo de escribir esto he decidido retirarlo de mi mesita de noche y negarme a seguir. Me he dado, una vez más por derrotado y aunque espero haber aprendido la lección me temo que cualquier día, dentro de algunos años, vuelvo a caer en la trampa y vuelvo a darle una oportunidad. En este momento, espero sinceramente que no sea así. Intentare mantenerme firme a este respecto, lo prometo.

Lo dicho, un mes tranquilo en cuanto a lecturas y un poco descentrado en el resto de aspectos pero que ya se ha acabado y ahora, mientras dudo si acercarme esta semana a la feria del libro para intentar que al menos se produzca la tradicional tormenta primaveral que me deja empapado y mitigue un poco la sequía que se nos viene encima, o si engañar a algún conocido para que me acerque a Cercedilla e ignorar la feria y condenar a la costa levantina a un posible verano con restricciones de agua, miro una foto que un amigo del colegio ha recuperado y en la que tenía prácticamente la tercera parte de mi edad actual y de la que hace ahora casi treinta y cinco años y decido que aún hay muchas historias que no he contado y que aunque no sean del todo mías, ni la mayor parte de ellas totalmente verdad, igual me animo a contarlas.


Ya, si eso, os la cuento otro día si alguno acierta la edad aproximada que tendría yo en esa foto (que es un año menos de lo que dan los cálculos que os he puesto) o si alguno (no familia) reconoce quien soy.


Lecturas:

Bull Mountain – Brian Panowich
El motel del Voyeur – Gay Talese
El banquete celestial – Donald Ray Pollock
La Voz del Amo – Stanislaw Lem




domingo, 30 de abril de 2017

Comentario de Textos Marzo (+ Abril) de 2017

Si, al final ha pasado lo que todos anticipábamos, algunos (los mas previsores, los que saben quien es el asesino desde la primera pagina de casi cualquier novela) desde la primera entrada de este blog, y me he saltado un mes de compartir mis comentarios de textos, sin ningún motivo realmente especial.

Como digo, y por vuestras muestras de apoyo e interés veo que ninguno de vosotros pensaba que hubiera motivo de preocupación, no ha habido ningún motivo importante para saltarme mi cita mensual: no he estado incapacitado ni nada parecido pero vamos, que gracias por preguntar, uno se siente más relevante cuando tras faltar a una cita recibe mensajes de interés o apoyo. Ya, ya sé que “una sola falta” no es indicador de nada pero si tienes una “regla” muy regular y una interesante vida sexual la “primera” falta puede ser un indicio de preocupación. Como no es mi caso – por lo de la vida sexual, digo – pues entiendo que no estuvierais preocupados y para “quitaros” ese peso de encima este mes adelanto “mi regla” y escribo antes de que se acabe el segundo mes. 

Podéis estar tranquilos: parece que no estoy embarazado aunque el viernes que viene tenga cita para hacerme una ecografía y confirmar este punto e incluso, si fuera el caso, el sexo de mi futuro retoño.

En cualquier caso este mes era el de volver a visitar mis librerías de referencia – tras agotar mi pequeña maleta neoyorkina. Pese a que el tiempo, extrañamente primaveral, podía/debería haber dirigido acertadamente mis pasos hacia la Librería Fuenfría de Cercedilla, que la verdad es que ya me vale y que espero que vosotros menos sedentarios estéis visitando en mi nombre (aunque el librero Tarambana no me ha informado de casi ninguna visita extravagante, por lo que tengo mis dudas sobre vuestra actitud), pero mis ya tradicionales problemas de movilidad y mi escaso interés por lo que viene siendo el campo hicieron que me decidiera por acercarme a la calle Mayor, a la Librería Méndez a los que también tenía abandonados por aquello de las lecturas en idiomas extranjeros.

Tan abandonados les había tenido que al entrar tuve la sensación de que me había equivocado de librería ya que me parecía más luminosa y todo estaba como un poco descolocado (respecto a su disposición habitual). Cuando ya estaba casi convencido de que, por extraño que fuera, me había equivocado de librería y que en lugar de en la Librería Méndez me había metido en una nueva librería de esas más modernas que debían de haber abierto en la misma calle mayor (porque de eso estaba seguro: estaba en la calle mayor) para aumentar mi confusión me saludo uno de los hermanos Méndez y me percate de la presencia del otro hermano Méndez al final de la librería. Algo extraño estaba pasando. ¿Podía ser que mi memoria hubiera olvidado la disposición de la librería? ¿Podía tratarse de un truco de marketing de unos hípsters impostores? ¿Me había desorientado y no estaba en la calle mayor o ni siquiera estaba en Madrid? Parecían opciones poco probables (salvo la de haberme olvidado de cómo era la librería, que eso podría ser) que se demostraron falsas cuando ambos hermanos Méndez, con ayuda de un desconocido (para mi), se pusieron a intentar sacar una mesa de la librería. En ese momento comprendí que igual solo habían hecho un poco de reforma, o bastante reforma quitando un murete que había y dejando un espacio bastante más diáfano que hace la librería más amplia.

Tranquilizado por la compresión de lo que había sucedido y confirmado que efectivamente estaba visitando mi librería de referencia de Madrid ya me pude dedicar a intentar ubicarme entre la nueva disposición de las secciones de la librería (que finalmente no han cambiado tanto, o que rápidamente han sido internalizadas por mi cerebro, pero que siempre son una buena excusa para acercarse a visitarlas) y a seleccionar mis lecturas para el futuro próximo.

Elegir en primer lugar un libro con aspecto de Best-Seller típico de estación o aeropuerto seguramente no sea la mejor forma de honrar las obras realizadas en la librería pero para mí cualquier libro de Harris (especialmente de Robert, aunque en caso de necesidad Thomas también me vale) es casi una obligación y si encima se trata de un libro sobre católicos pues solo requiere un bit de mi cerebro para que confirme el “si” necesario para cogerlo y pensar en marcharme a casa, a mi mecedora, para devorarlo tranquilamente. A ver Conclave, que es el libro en cuestión, no es ni con mucho el mejor libro de Harris, de hecho comparado con su nivel habitual yo lo clasificaría de flojillo, de divertimento o más precisamente de unas forma de amortizar las horas de estudio sobre un tema que siempre parece interesante y críptico: el proceso de elección de un nuevo Papa. Aunque mi incultura es enciclopédica y no puedo valorar cuantos errores (si es que hay alguno) tiene la descripción del proceso de elección papal resulta obvio que Harris se ha pasado tiempo estudiándolo y sospecho que llegando a la conclusión evidente de que todo el proceso está diseñado sobre la premisa de que “Nadie se fía de nadie” y que deben de tomarse todo tipo de medidas para asegurar que la elección sea medianamente limpia. Esto es algo que no deja de sorprender si tenemos en cuenta que se supone que todos son hombres de fe y muy por encima de estas pequeñas cosas materiales por lo que no parecería necesario contar con tantos mecanismos de control o aseguramiento de la limpieza del proceso. En este sentido es ligeramente escalofriante y como todo buen Best-Seller al final tiene su giro sorpresa que redondea el libro dejándote con la duda de si esa situación seria posible y que sería lo que realmente sucedería a partir de allí.

Como andaba por la zona de novela negra/thriller decidí acompañar mi Best-Seller de estación con un libro con una edición un poco menos de Kiosco, algo que pareciera un poco más formal, y me decidí por Bajo los montes de Kolima. Ya, ya se lo que vais a decir… una historia de espías en la tundra siberiana con un protagonista que se dedica a fingir acentos en una versión traducida y sin ninguna idea, por mi parte, sobre como son estos dialectos o sus diferencias pues no parece muy interesante. La verdad es que acertáis y a mí no me ha resultado especialmente interesante, sí no más bien aburridilla y tediosa; pero para gustos :las contraportadas, que obviamente la clasifican como uno de los mejores thrillers escritos hasta hoy. Yo no he conseguido acabármela, de hecho se quedó en la mesilla en mi viaje de semana santa ya que me quedaba poco para justificar el ir cargando con ella hasta Piles (y eso que iba en coche, que al fin y al cabo).



Supongo que la mala conciencia de haber cogido un libro de kiosco en una librería recientemente reformada me impulso a seguir compensado mis compras y eso me llevo a coger La pianola, por el prestigio de su autor: un libro de Kurt Vonnegut siempre hace elegante con su toque de hípster (El desayuno de los campeones ya lo tenía y, por supuesto, también Matadero 5). Además el hecho de tratarse de un mundo en el que las maquinas han sustituido a los humanos apelaba a mi faceta más Ludita (si, tras muchos, muchos años de trabajar con máquinas cada día me vuelvo mas Ludita, más que por las maquinas en si mismas – que para mí no son más que herramientas – por los enfoques cada vez más extendidos del uso y el futuro de la relación hombre máquina que me enervan; pero divago, ya, si eso, comentamos sobre este tema otro día); y por si fuera poco la cita inicial del libro es Mateo, 6:28 (por ahorraros el trabajo de buscarla es la de “los lirios del campo”) que para mí siempre será la cita inicial de la novela inédita El Efecto Mateo de seguro que sospecháis quien. Pese a todas estas cosas a su favor (o en su contra si incluimos lo del hipsterismo) la verdad es que es un libro que no me ha convencido nada, de hecho ahora mismo soy incapaz de recordar nada de lo que pasa y mucho menos como acaba la novela lo que es una señal pésima (incluso viniendo de mí y de mi lamentable almacén de recuerdos, mal llamado memoria).

Como a finales de marzo tenía que viajar a Berlín – por temas laborales – y puesto que andaba en una librería me pareció perfectamente adecuado comprar Una librería en Berlín, incluso considerando que parecía la típica historia de persecución judía en la Alemania nazi, cosa que ciertamente no me apetecía demasiado. De hecho mi idea era llevármelo a Berlín y leerlo bien en el avión o incluso, si tenía tiempo, en la propia ciudad de Berlín - que parecia una cosa muy fina eso de ir andando con un libro con semejante titulo - de la que tomo el mundo me decía que era estupenda. Estaba bastante seguro de que ni Berlín, ni el libro me iban a gustar pero la combinación parecía inevitable. Reconozco que el libro me ha gustado, sobretodo porque donde esperaba encontrar los lamentos más o menos habituales de los perseguido y las historias truculentas y reales, había un estoicismo y una aceptación bastante coherentes y donde esperaba una colección de malvados el libro se centraba más en la colección de buenas personas que apoyaban a la protagonista en sus peripecias por una Francia ocupada y su ruta de escape hacia una neutral Suiza (Berlín casi solo aparece en el título y parece que la librería ni siquiera puede localizarse).

Respecto a Berlín, pese a tener la compañía de Álvaro, que si estaba convencido de que Berlín le iba a gustar (sus conocidos hacen verdadero proselitismo de la misma) para pasear la ciudad (que nos cruzamos andando de este a oeste y de norte a sur hasta salirnos del mapa por todos los extremos) disfrutar de unas cuantas cervezas y de un par de comidas decentes yo no he cambiado mi opinión y me parece una ciudad pobre y desangelada (eso sí, tengo que reconocer que lo de poder fumar en los bares mientras bebes cerveza es algo que alegra mucho las noches, puede que lo suficiente como para que acabáramos desmontando ese mito de que en Berlín los bares nunca cierran y acabaran prácticamente echándonos de un par de bares para poder cerrar).

La razón por la que me salte el comentario de textos de Marzo es que este año la semana santa ha caído muy pronto, a primeros de abril, y no me dio tiempo antes de irme a Piles a escribir mis comentarios ya que había estado, y sigo, procrastinando con algunos trabajos que tengo que hacer.

Confiando en que había dejado, casi sin leer, The New Mammoth Book of Pulp Fiction y en la esperanza de ponerme al día con mis trabajos atrasados me marche a Piles con un solo libro, suficientemente gordo: La piedra lunar, que en realidad es un libro que no necesita presentación ya que se trata de un clásico de las novelas de detectives casi al nivel de las de Sherlock Holmes (aunque no recordara nada estoy seguro de haberla leído con anterioridad así que realmente se trata de una relectura, como debe de ser en vacaciones). Tiene todos los ingredientes típicos de una novela de detectives, incluyendo, por supuesto, a su mayordomo que en este caso está libre de toda sospecha al ser un fan acérrimo de Robinson Crusoe, libro que utiliza como otras personas utilizan el I-Ching o el Tarot, y que llega a afirmar “Hay que ser muy tolerante con un hombre que no ha leído Robinson Crusoe desde que era niño” para indicar la falta de carácter de un personaje. 

Pero las mejores frases quedan reservadas a otros personajes, uno de los cuales en sus propias palabras “Soy (¡Gracias a Dios!) constitucionalmente refractario a la razón” refleja, desgraciadamente, como es mucha gente en la actualidad, o aquel otro que aconseja “que vuestra fe sea como vuestros calcetines y vuestros calcetines como vuestra fe. ¡Ambos sin mancha y preparados para ponerse en cualquier momento!” que toma mucho más sentido, en mi caso, cuando compruebas que la has leído con unos calcetines de estar por casa llenos de agujeros, como era precisamente mi caso. Una relectura entretenida que obviamente me impulsara a buscar Robinson Crusoe en mi biblioteca en la esperanza de no habérselo regalado a los ancianitos de Castilla León que seguramente lo estarían usando para tomar importantes decisiones vitales y aunque peor que con el I-Ching o el Tarot no les puede ir, tampoco creo que les haga mucho bien (ni mucho mal). Es un libro que merece la pena – un clásico, vamos – con una estructura interesante en la que la historia se desarrolla en la voz de distintos protagonistas sucesivamente.

Obviamente irme a Piles con un solo libro, por gordo que fuera el mismo y por mucho trabajo que me llevara para avanzar, no parecía una decisión muy acertada pero, como ya he comentado, estaba cubierto por haber dejado allí el libro de Pulp Fiction que tenía casi sin empezar (solo cuatro cuentos de los treinta y tres que tenía) así que estaba razonablemente tranquilo ya que es una lectura entretenida y variada (bueno, todo lo variado que llega a ser el Pulp). Me lo leí entero y hay de todo, como en botica, crimen, mujeres fatales e incluso un par de historias sobre vampiros y, como no, alguna frase verdaderamente memorable: “Long ago I’d learned that there was nowhere a man could be lonelier that at a party” que, al menos para mi, es completamente cierta y la razón por la que no acudo a algunas fiestas en las que se que no voy a estar a gusto ya que no hay nada peor, nada que te haga sentirse más solitario, que estar en una fiesta en la que no encajas o en la que no estas a gusto (también es la razón por la que ahora que prácticamente no bebo tiendo a abandonar las fiestas y las reuniones sociales pronto).

Mi última elección, El numero 11, fue un nuevo intento de que me gustara un autor de moda, de esos que todo el mundo dice que es muy bueno pero que yo no consigo soportar pero que sigo teniendo dudas cuando estoy en la librería ya que no llega a ser lamentable. Creo que esta es la tercera novela suya que leo y pese a ser notablemente mejor que las anteriores por mi parte no habría ningún problema en cedérsela – igual que las dos anteriores – a los ancianos de Castilla León. Si cabe es un poco más confusa y en cierta medida me ha dado la sensación de una serie de cuentos mala y artificiosamente unidos para formar una novela, aunque puede que esta sensación se deba en gran medida a la unión de leerla a saltos y sin demasiadas ganas y a mi cada vez más lamentable memoria a corto plazo (no tanto como la de otras personas que cuando estas cocinando se olvidan de para que habian cortado la cebolla y cosas por el estilo). No sé, puede que realmente las historias tengan más en común de lo que yo creo recordar – que por otra parte, ahora que tengo el libro cerrado delante mío es prácticamente nada – y que si sea una novela, pero no una buena novela. En cualquier caso este ha sido mi tercer intento por lo que ahora al visitar librerías intentare recordar que no, no me gusta Coe.

Realmente he leído otra novela este mes de abril pero como se trata de una novela que me ha gustado y cómo es posible que este mes de mayo que empieza lea poco – debería dejar de procrastinar con mi libro y con otros temas (como contar otras historias en este blog que no sean de libros o que lo sean y terminar la revisión de mi biblioteca y de mi donación a los ancianitos de Castilla León junto con la revisión de la discografía de Alvaro) – me la guardo para el mes siguiente que espero no “tener falta” o que en caso de tenerla la ecografía confirme que es mi hígado lo que da problemas (algo que yo, y todos salvo mi médico, ya sabemos) y que no tendré faltas en los ocho-nueve meses siguientes.


Conclave – Robert Harris
Bajo los montes de Kolima – Lionel Davidson
La Pianola – Kurt Vonnegut
Una librería en Berlin – Francoise Frenkel
La Piedra Lunar – Wilkie Collins

El número 11 – Jonathan Coe

martes, 7 de marzo de 2017

Comentario de textos - Febrero 2017

Hoy he decidido que voy a jubilar una de mis cazadoras. Ya, ya se, que dicho así – sin contexto – no parece algo que merezca ni un mínimo comentario por lo que supongo que me toca explicar que yo no suelo jubilar, tirar, ropa mí en general tampoco suelo tirar cosas.

En lugar de tirar cosa para renovar periódicamente mi vestuario o mi decoración, más bien me dejo llevar por el método que podríamos denominar “del bosque” en el que el ecosistema se renueva, y la continuidad del bosque se mantiene, por los incendios periódicos (bueno, en mi caso una combinación de incendios y mudanzas es lo que mantiene mi ecosistema) ya que al no contar los arboles con depredadores naturales (salvo en algunas zonas los castores) pues los arboles son prácticamente inmortales y allí se quedan envejeciendo el bosque. Esta teoría, la de los incendios como renovadores de los bosques, tiene cierto merito científico pero conviene recordar que no es conveniente llevarla al exceso en la práctica – dejando que el bosque se quede libremente sin control – ya que puede dar lugar al denominado efecto Yellowstone (que debe su nombre a aquella vez, a mediados de los ochenta, diría, en la que unos hippies consiguieron convencer al servicio de parques naturales de estados unidos de aplicarla, dejando que un incendio en el parque se descontrolara – ya lo controlaría la naturaleza, era la teoría – y no solo casi se quedan sin parque natural si no que estuvieron obligados a desalojar varias poblaciones vecinas.

En cualquier caso, ya toca deshacerme de esta cazadora que igual lleva conmigo algo más de diez años, puede que incluso quince y ya ha cumplido con creces su tarea de abrigarme en un par de continentes (podrían haber sido tres si los cincuenta días que pase en Vietnam no hubieran coincidido con la temporada de invierno en España, verano allí, y siendo yo algo más previsor que Aznar – que se presentó en Argentina en pleno verano bien abrigadito con el abrigo de alpaca que lucía al subirse al avión en el invierno Español – decidí dejarla en casa). En cualquier caso me cuesta deshacerme de ella ya que tras este tiempo ya la he adoptado como mi cazadora favorita y me encanta el aspecto de trabajador de un campo petrolífero de Nebraska que me proporciona, pero… así es la vida. A partir de mañana llevare mi nueva cazadora de cuero o una de mis cazadoras no oficiales de ingeniero de obra, hasta que empiece definitivamente la primavera (a la que parece que ya no le falta casi nada para llegar a los madriles).

(Nota: aquí debería ir una foto con mi cazadora pero...)

Pero a lo que íbamos… a las lecturas de este mes que como ya os avance el mes pasado, por aquello del trabajo, han sido escasas (el trabajo bien, por cierto; una vez superado el miedo escénico de volver a empezar a trabajar en serio no se dio mal. De hecho ahora mismo estoy otra vez empantanado con otro par de temas – además de con mi libro para el que no acabo de encontrar el tiempo por aquello de volver a intentar ganar dinero).

Para que no parezcan tan pocas voy a considerar como que he leído parte de The new Mammoth Book of Pulp Fiction, si bien solo me he leído cuatro cuentos de los treinta y tres que tiene.  La verdad es que el titulo ya habla por si mismo: se  trata de cuentos, o novelas cortas (vete tú a saber) típicas de crímenes, bajos fondos, detectives y esas cosas… en general de lo que en el mundo musical seria la cara b de un single de un grupo famoso pero en su edición japonesa o puede que norcoreana. Hay desde Dashell Hammet a McDonald (uno de ellos, no recuerdo cual – la portada dice que se trata de John D.) pasando por Jim Thompson y los cuatro que he leído son muy correctos, aunque no impresionantes. Por si os estáis preguntando porque no he leído más: he de confesar que me lo lleve a Piles aprovechando que uno de los viajes me obligaba a estar temprano por la mañana cerca de allí y decidí dejarlo para próximos viajes ya que tiene una letra infernal para leer cómodamente (algo esperable ya que me costó poco menos de seis dólares) pero que para los días que te quedas sin lectura en la playa puede ser muy útil tenerlo por allí.

Un día de estos, probablemente en noviembre o diciembre, le dedicare un post a Lindsay Hutton que es una de las pocas personas que consiguen reconciliarme con el mundo y que más que hacerme pensar “yo de mayor quiero ser como Lindsay”, me hacen pensar: “yo de mayor quiero ser Lindsay Hutton”, aunque la verdad es que no me gustaría tener que esperar a ser mayor para ser como él: me gustaría ser desde ya mismo tan buena persona como él. Estoy convencido de que es una de las pocas personas del mundo que cuando viaja lleva más equipaje, más suovenirs, en el viaje de ida que en el de vuelta. Me atrevería a afirmar que tiene que pagar exceso de equipaje cada vez que viene a Madrid y que vuelve con tan solo dos mudas sucias a su escocia natal.  

El caso es que en su último viaje trajo The Shoe, para mí un autor y un libro completamente desconocidos y que me atrevería a apostar que no gustara a los aficionados a la lectura no aficionados a la música pop ya que para que pudieran apreciarlo tendría que tener tantas notas a pie de página que parecería una edición crítica de Catedra que les explicaran que canción es “Holidays in the sun” y como, en qué contexto, los Sex Pistols se refieren a Mallorca (majorca en isleño británico) y no, digamos a la India, cuando cantan eso de “cheap holidays in other’s people misery” (bueno, vale, probablemente tendrían que explicarles, antes, a muchos lectores quienes son los Sex Pistols). A mi me ha parecido excelente y con una de esas grandes reflexiones sobre la música que merecen la pena anotar y repetir y que subscribo en su totalidad: “I always fail to understand why it is that popular music – pop music, rock music, call it what you will – is the only art form for which one’s appreciation is expected to diminish as one grows older. I simply cannot understand it. And if you know the answer, put it in a postcard and send it to that twerp”. O en lugar de una postal – que hoy en día es difícil encontrar un buzón – enviarme un comentario.

Pero no solo subscribo sus reflexiones musicales (algunas) si no que tambien muchas otras ya que coincido plenamente en lo de “If you choose televisión as your information supply then you limit your potential for understanding” aunque la actualizaría para incluir tweeter, facebook y en general – por desgracia – gran parte de lo que se ve en la red actualmente. Mira que algunos teníamos grandes esperanzas en internet y en su capacidad de divulgar conocimientos pero obviamente vamos en la dirección equivocada (o por ser más correctos: vamos en el sentido equivocado, que puede que la dirección sea correcta).

Aunque seguro que nada más mirar la portada ya lo habéis adivinado compre Only the dead know Burbank básicamente por la portada y por el título ya que la historia que contaban en la contraportada – una niña se despierta en una tumba para iniciar un viaje que la llevara al cine de terror de Hollywood – me parecía entre poco y nada interesante. No me atrevería a asegurar que el libro este mal ya que tiene detalles curiosos como ese de practicar batiendo huevos para coger el ritmo de mover la manivela de la cámara de cine de forma constante, ya que no he conseguido acabármelo. Lo deje cuando la niña llega a Berlín y tiene sus primeros éxitos en el cine de terror, así que me he perdido la que seguramente sea la parte más divertida o interesante que imagino es su epopeya americana y pese a dejarlo tan pronto he de reconocer que me ha divertido su descripciones sobre el genio, más bien sobre la percepción del propio genio de algunos artistas y su aceptación/negación:“he had been called a genius, something all artists suspect of themselves at one time but never bother denying until they hear it from a separate source”. Por supuesto sin olvidar el destino reservado a muchos artistas, con no tanto talento como ellos creen: “An artist will starve on so sparse a diet as his own genius”.

Probablemente a algunos os gustara saber que llegados a este punto ya solo me quedaba por leer un libro de los que llenaban mi maleta a la vuelta de NYC por lo que para el próximo mes ya estaré volviendo a visitar mis librerías de referencia, empezando casi seguro por la librería Méndez de la calle Mayor ya que de momento todavía hace frio para subir hasta la librería Fuenfría de Cercedilla (frio para mí, que estoy viejo y tras muchos años de ser atérmico a esta edad me ha cogido el frio, pero no para vosotros que por aquello de no haber sido nunca atérmicos estáis acostumbrados a estas temperaturas y que además os gusta el campo. Así que vosotros empezar por ir a la librería Fuenfría de Cercedilla que siempre agradecen las visitas y cuanto más os conozcan mejor os recomendaran).

Pues eso, mi último libro en ingles de esta temporada ha sido The Watchmaker of Filigree Street, al que le tenía ganas en parte porque lo comparaban con los de Cabal y en parte porque me gustaba el título y la idea general de atentados en la Inglaterra victoriana vinculados en cierta forma a relojes de precisión. Me ha gustado pero mucho menos de lo que esperaba, incluso en algún momento he estado a punto de dejar de leerlo. Puede que ya estuviera saturado de leer en inglés o que el inglés de este libro me resultara algo más difícil de lo habitual y que por eso estuviera a veces tentado de dejarlo, pero también puede que le falte trama y personajes ya que no me he acabado de implicar con ninguno de los personajes. Con todo algunas descripciones de usos de otra época me han hecho sonreír:  “She seemed to acknowledge that while numbers were a necessary part of life, they were, like French postcards, not suitable for a lady”.Y, que conste, que me he sonreído no por el micro o macro machismo que una frase como esta puede representar hoy en dia siendo lo mas natural en el contexto de la historia si no por lo de las postales francesas para referirse a las fotos eróticas de la época. Que a mí ni el micromachismo ni el macromachismo me arrancan una sonrisa, como todos sabéis; si acaso una buena carcajada.

En cualquier caso la mejor frase de este libro y que he de empezar a aplicar para cuando me piden dar una charla es la que pone el autor en boca de un tal Gilbert (que según el es el Gilbert de los famosos Gilbert & Sullivan): “The safest way to success is to write according to the capacity of the stupiest member of the audience”.

Procurare no olvidarla aunque tenerla en cuenta a veces te obliga a bajar tanto el nivel que casi sería mejor ni escribir, ni dar charlas y hacer como Trump y comunicarse solo por vía tweeter. Pero ya, si eso, hablamos de Trump otro día.


The New Mammoth Book of Pulp Fiction – Varios Autores
The Shoe – Gordon Ledge
Only the dead know Burbank – Bradford Tatum

The Watchmaker of Filigree Street – Natasha Pulley